jueves, 12 de noviembre de 2015

JOSÉ MANUEL AGOSTO MÉNDEZ




Paradigma de honestidad y solidaridad humana, esta médico y poeta angostureño que no obstante haber entregado medio siglo de su profesión de la salud, la administración pública, al magisterio y a la letra, solo tuvo como recompensa la pobreza, ni siquiera casa propia para sus hijos.

José Manuel Agosto Méndez nació el 9 de julio de 1872, cuando Guayana calzaba la antigua de la guerra desatada entre guzmancistas y monagistas. El Gobierno de Juan Bautista Dalla Costa había sido blanco  de esa cruenta contienda, pero Antonio, el hijo de prócer, pudo al fin, bajo la égida de los amarillos, recoger los tratos del poder.

Juan Bautista Dalla Costa había dejado iniciado el Teatro Bolívar, por lo que Agosto Méndez estuvo presente en el acto de su inauguración en febrero de 1883 por su maestro Manuel Isidros Montes y muy de la mano con sus padres José Bernardo y doña Inés Agosto Méndez. Tenía entonces once años y estudiaba en el Colegio Federal de Guayana. Allí realizo sus estudios, desde la primaria hasta doctorarse de medicina bajo la rectoría del Dr. J. M. Emazábel, el 8 de septiembre de 1894.

El Teatro Bolívar nació con el niño poeta y todo cuando por sus tablas pasó de alguna manera estimulo y vitalizó su sensibilidad de niño prodigio de la letra. Excelente estudiante, antes de graduarse de bachiller de medicina, previo al doctorado, había recibido a los dieciséis años el titulo de bachiller en filosofía y por esa vía alimentando su vocación literaria. Sus primeros poemas están en los periódicos y revistas de la época, incluso en “Cojo Ilustrado” revista fundadas en Caracas en 189, publicaba sus poemas.

No había luz eléctrica. De noche ayudaba el resplandor de las lámparas de acetileno que vendía Boulissiere. La electricidad con planta de vapor combustionada con carbón antracita importado en barcos de vela, llegaría en 1911 bajo el gobierno gomecista del General coriano Arístides Tellería. J. M. Agosto Méndez, en calidad de presidente  Consejo Municipal de Heres, le tocó suscribirse el contrato.

Fue en ese año de 1911, cuando el Estado Bolívar estrenó el Himno con Agosto Méndez y música de Manuel Jara Colmenares, entonces director de la Banda del Estado. El Himno de Estado, antes de ser entregado oficialmente el 5 de julio de 1911 en la plaza Bolívar junto con la luz eléctrica, había sido interpretado en la noche del 28 de enero de 1911 en la finca morichal que a corta distancia de la Ciudad tenía don Pedro Luccioni, en la ocasión de un baile  que el Comercio obsequió a Tellerías luego de una gira que realizara por la región del Yuruari.

Para estrenar la letra con la música se organizó un grupo de estudiantes seleccionados de las primeras escuelas de la ciudad y cuando ocurrió, el poeta se estremeció de emoción lo mismo que el 12 de octubre de 1920 al realizarse en el Teatro los primeros Juegos Florales y escuchar el Himno de la Raza para el cual escribió la letra. Estuvo siempre en el jurado de poesías y presidió los juegos florales realizados en julio de 1828 con motivo del aniversario de la Batalla de Ciudad Bolívar que sello la suerte de la Guerra Libertadora. Entonces tenía a su lado  a un dirigente secretario, también poeta como el, el upatense José Ramón del Valle Laveaux, a quien acompaño después junto con Anita Ramírez a fundar el Ateneo de Guayana en mayo de 1937. El Ateneo manejaba la biblioteca popular, asumió el patrocinio de la revista Alondras y sostenía un programa radial los lunes por la “Ecos del Orinoco”.

Era “admirable” la capacidad de trabajos de aquel hombre de sombrero, chaleco y bastón que diariamente subía y bajaba las empinadas calles de Ciudad Bolívar, bien para dirigirse  al despacho Municipal, al Hospital, a la Cruz Roja, al domicilio del paciente, a la sede de la Sociedad de Médicos, al Colegio de Varones donde ejercía varias asignaturas o al taller de imprenta a entregar y a supervisar el material de las publicaciones “Horizontes” a la “Gaceta Médica” que dirigía.

Veinte años en el magisterio transmitido primero en el Colegio de Varones y después en el Liceo Peñalver, sus conocimientos a generaciones de estudiantes, le valió al fin la gracia de Profesor Emérito otorga por el Ministerio de Educación.

Fundó y dirigió junto con Luis Alcalá Sucre y Bartolomé Talavera Acosta, la revista “Horizontes”, órgano mensual del Centro Científico literario de Ciudad Bolívar. Circulo desde mayo de 1898 hasta el 31 de octubre de 1914. Conservo copia facsimilar de los ejemplares 94, y 70, regalo del amigo Andrés Palazzi Pietrantoni, presidente de la fundación Cultural del Orinoco, y aparecen en ellos trabajos de firmas valiosas como Udón Pérez, José Santor Chocano, Guillermo Valencia, Salvador Ruedas, Antonio Lecuna Bejarano, Concepción Taylhardat, Vargas Vila, Eloy González, Landaeta Rosales y Luis Machado Pedrique.
La “Gaceta Medica”, dirigida por Agosto Méndez desde la misma fecha de su aparición el primero de septiembre de 1914, contaba con una Junta de Redacción integrada por los doctores J. D. Montenegro, D. A. Blanco Ledesma y Manuel Felipe Flores. Era órgano, primero mensual y luego trimestral, de la Sociedad Médica de Ciudad Bolívar y circulo desde entonces hasta 1944, año de la muerte de su director fundador y apóstol de la medicina.

J. M. Agosto Méndez se recibió de doctor en medicina y comenzó a ejercer la profesión a finales de esta ciencia se caracterizaba  por su rasgo individualista, pero con un concepto integral de la practica. No existían especialidades, si acaso la oftalmología, en ese tiempo y hasta avanzado del siglo veinte era notoria la fraternidad  profesional y conmoverado la figura del médico de familia.

Por supuesto, le toco vivir la orientación definitiva de la medicina hacia el progreso científico imprimidad por Luis Razetti, continuador de la obra reformista del doctor José Maria Vargas. Y no obstante la de un Colegio Nacional de Primera Categoría donde se cursaba medicina, la infraestructura hospitalaria era muy pobre y no podrá superarse hasta los años finales del cincuenta cuando el médico y poeta había muerto.

Desde su posición de presidente Municipal y Médico director de los hospitales, Mercedes y Caridad al principio, Ruiz y Paz después, hizo después de las llamadas juntas de Administración que tenía a la lotería de Beneficencia como principio proveedora de recursos, por ir gradualmente mejorando las antiguas edificaciones donde funcionaban y las cuales quiso el gobernador Juan Bautista Dalla Costa, reemplazar con un moderno nosocomio, el Hospital la Cruz, construido por el ingeniero Alberto Lutowski, pero convertido en cuartel militar en 1892 a raíz de la Revolución legalista encabezada en Guayana por el Mocho Hernández.

Y cuando no era director en los hospitales era médico en sanidad, el Hospital de Niños, del dispensario Venereológico de la logia Asilo de la Paz o de la Cruz Roja. Ese era su mundo como profesionales más de aquellos pagados por un Estado siempre en la inopia a causa de los onerosos gastos de la guerra fratricidas de signo a casi todo el siglo diecinueve y parte del veinte.

Llega el año 1940 y con el la septuagenariedad del doctor J. M. Agosto Méndez, a quien la Academia Nacional de la Historia ha recibido como miembro correspondiente. Comienza a sufrir los achaques de una vejes acelerada por el agotamiento que le ha producido la entrega total y sin descanso a un trabajo exigente y diverso. No ha tenido tiempo ni de conocer a otro lugar de Venezuela. Ni siquiera cuando fue electo Diputado y Senador al Congreso Nacional. Aquí se ha quedado, atajado desde que nació para la barrera liquida del Orinoco. Solo cuando algunos colegas le recomendaron un  contacto con las deidades del mar, resolvió viajar a puerto la Cruz, en compañía de su esposa Concepción Aristiguieta. (Se había casado en primera nupcias con Maria Ramírez y en ambos matrimonio hubo hijos, entre ellos Maruja, quien fue directora de Cultura del Estado).

La onda de su voluntad derrumbada había tocado las puertas del Gobierno Central y el Ministro de Educación lo declaró Profesor Emérito mientras el de Relaciones Interiores, Dr. Luis Jerónimo Pietri, río caribeño lector de su poesía, le hizo el primer homenaje mandándolo a ser un retrato de creyón que luego en su honor hizo develar en la Escuela Federal Piar.

En 1943, ya mal, viaja a puerto la Cruz y hala escribe este poema triste y desolado:”Aquí a lo inmenso, junto a lo arcano y a lo bello / bajo el azul del cielo, frente al azul del mar / estoy con mi dolencia, martirio formidable / que ha recibido a escombros mi pobre voluntad / con estos tristes nervios torturados, con estas / quimeras de Quijote, de loco senador / que en una gran atmósfera se atreven  ¡infelices! /a encender lamparitas de fugas emoción / / frente a la gran llanura movible y majestuosa / estoy con mis achaques y estoy con Fran aflicción / queriendo que las olas contesten las preguntas / de este seguro que muchos han hecho como yo / /  y en corazón se inquieta porque nada le dicen / en medio de sus penas y en su incesante afán / y permanezco triste a sido a una esperanza/ que no se convertirá jamás en una realidad / / los días iguales todos, las mismas olas siembres / la vida! Allá un engaño, una verdad aquí / ¡la lucha! ¡Las pasiones! ¡La eterna mascarada! / Y una confusa y baga visión del porvenir / / ¡naturaleza! Madre fecunda, pero siempre / indiferente para el humano dolor / brindándole el oro rútilo de sus otros magníficos / dorando en el crepúsculo de la luz el ¡adiós!  / / Frente al azul del cielo, frente al azul de misterio / estoy con mis tristezas buscando algo mejor / procurando que el piélago conteste las preguntas / que muchos de seguro han hecho como yo / / puesta el alma en los ojos interrogo lo arcano / la liquida llanura, de azul inmensidad / y como antaño a Urbina, el gran poeta, nada / “ni el corazón se aquieta, ni me responde el mar”/.

Ese mismo año del 43, la Asamblea Legislativa, de la cual había sido Diputado por varios periodos, se da cuenta que el médico y poeta en sus Bodas de Oro profesionales carece de alero y acuerda promover por suscripción popular una campaña a objeto de donarle una casa. Pero no tuvo ojos para verla por que el miércoles 9 de febrero de 1944, a las 9 de la mañana falleció.

En el vespertino local “El Luchador” apareció esta nota: “Murió pobre. Ni siquiera tenia casa propia. De la profesión  hizo un apostolado al igual que el Dr. Carlos Emiliano Salom. Buen escritor, excelente poeta clásico, médico humanitario y amigo sin dobleces. Pudo haberse hecho rico en pocos años y vivir espléndidamente. Prefirió todo lo contrario. En los últimos días de su existencia  sufrió el zarpazo de la miseria. No alcanzo ver hecho realidad la promesa de la casa propia. Supo honrar a la tierra nativa en su esclarecido talento, sus virtudes ciudadanas y abnegadas labor profesional”.

Su sepelio fue tumultuosamente acompañado. Lo velaron un instante en el Liceo Peñalver y allí el doctor José Gabriel Machado, pronunció la oración fúnebre. Luego lo situaron en la Plaza Miranda, donde José Luis Aristiguieta, germano político del finado, dio las gracias, seguido del doctor Lino Maradei, a nombre del gremio de médicos; Adán Blanco Ledesma, a nombre de profesores y estudiantes y a nombre del pueblo J. J. Rojas Peraza y Víctor Monedero. El embajador de Venezuela en Perú, Elías Pérez Sosa, estuvo en el entierro y declaró:”lo importante no es deplorar su perdida, sino recoger su ejemplo y proyectarlo”.

Única herencia: 17 libros: 12 en versos y 5 en prosa, además de su ejemplo como profesional, servidor público y ciudadano digno y cabal: Cantos Bohemios, guayanesas, Siluetas, Anaglifos y Rosas, Bronce y Filigramas (sonetos), Floresta Lírica, Canción de Otoño, poemas libres. Prosa: Perfiles Médicos (2 tomos), Evolución de la Medicina en Guayana, Letra Vernáculas. Inéditos: prosas de poeta, horas de un médico y Sinfonías Patrióticas.


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