miércoles, 11 de noviembre de 2015

ERNESTO SIFONTES


 Meteorólogo,  Hidrólogo y Pedagogo. El primero en realizar y  registrar observaciones  diarias y minuciosas que permiten hacer predicciones sobre las grandes crecidas del Río Orinoco.
El bachiller Ernesto Sifontes, nacido en Ciudad Bolívar el 21 de Abril de 1881, era un hombre de baja estatura, asequible, amable, sencillo, ambientalista, consustanciado con la naturaleza y el Río.  El gran Río padre como suele referirse al Orinoco.
Por sus venas corría sangre india, alemana y portuguesa y su vocación científica  creyó siempre que venia de la afición que tenía su abuelo berlinés por las novedades de la astronomía.
Estudio en el Colegio Federal de Varones, donde se graduó de bachiller en filosofía a los 20 años, edad cuando comenzó a publicar en “El Anunciador” sus observaciones meteorológicas. Entonces vivía en una casa de la plaza Miranda frente a José Ramón Pérez y se ganaba la vida arreglando y manteniendo maquinas de cocer de cadeneta. Años después abrirá una Agencia General de Negocios que se ocupaba de solicitud de terrenos para explotar productos forestales, entre otros.  Su gran habilidad para la micro-mecánica lo llevo a poner en funcionamiento el gran Reloj público del siglo diecinueve instalado en la Esquina Guevara y Coll, cuando funcionaba allí (1918) “La Fuca”, establecimiento del comerciante Luís Machado.
Los bolivarenses empiezan a observar  con interés al Bachiller Sifontes a raíz de la aparición del Cometa Halley en 1910, cuando el astrónomo Flamarión, entre otras cosas, decía que la humanidad podría morir de alegría por la influencia magnética de la electricidad de que estaba cargada la cauda del cometa. Fue entonces cuando el bachiller Sifontes instaló su telescopio en la azotea de la Casa del Congreso de Angostura, entonces sede del Colegio Nacional, para observar al cometa y mantener informados a los bolivarenses de sus movimientos y aproximación a la tierra.  Disponía además como complemento de un cronómetro inglés marca “Luís Casartelli” para precisar la hora, sin error de segundos en que la cola del cometa Halley se aproximara a la atmósfera de la tierra del 18 al 19 de mayo de ese año.
El Director del Colegio Federal era entonces Guillermo Tell Villalobos, quien vivía allí mismo con su esposa Margot Tovar Guerra (padres del poeta Héctor Guillermo Villalobos). Él, al igual que el bachiller Sifontes, era aficionado a la meteorología y estaba equipado con termómetros, barómetros y anemómetros  para sus observaciones. En ese Colegio, nominado después “Liceo Peñalver”, el bachiller ejercía la Cátedra de Física.
En 1912 el bachiller Ernesto Sifontes resuelve sumarse a una expedición de exploración de seis meses por la Gran Sabana junto con Cenobio Salas Caro y el ingeniero José Francisco Grillet (Pancho Grillet) y la cual da cuenta de una gran Meseta que los indios llamaban “Yatepui”  pero el ingeniero se empeñó en atribuirle etimología italiana al nombre indígena: “Aullante fui” (el que aúlla más) que el habla criolla transformó en Auyantepuy, famosa desde que Jimmy Ángel anuncio haber verificado allí la caída de agua más elevada del planeta.
En esa expedición al igual que en otras llevaba consigo sus instrucciones de medición, entre ellos, el altímetro Negretti-Zambra, el girómetro de cabello Jules Richard y el termómetro Lybolds para precisar la altitud, la humedad y la temperatura del lugar visitado.
En 1930 cuando se establecieron los vuelos de Aeropostal entre Maracay, Ciudad Bolívar y el interior del estado, en los novedosos aviones late-28, el Br. Sifontes fue de los primeros en volar de un lugar a otro, porque le permitía medir el calor de la atmósfera, especialmente en las zonas boscosas de la Guayana. Después no fue necesario porque se introdujo la Radio-Sonda elevada en globos, con la cual era posible estudiar la temperatura, en punto de rocío y la humedad relativa, entre los 500 metros y los 15 kilómetros de altura del suelo.
El estudio diario y constante de los elementos que forman nuestra atmósfera, hecho a ras del suelo, no bastaba para fijar las causas de los fenómenos meteorológicos que se generan en la atmósfera alta, laboratorio primero de toda fenomenación. Decía el Br. Sifontes que las leyes que regulan tales formaciones había que encontrarlas allá arriba, por eso, aunque de manera rudimentaria, fue de los primeros en aprovechar los vuelos aéreos para tales estudios en Venezuela.
Como buen observador y estudioso de los fenómenos meteorológicos, siempre vivió en la parte alta de la ciudad: alrededores de la plaza Miranda. Entre las calles constitución y  concordia terminó comprando una casona de dos plantas en cuya azotea tenía instalado todo el instrumental por el cual supimos que allí la altitud es 76 metros sobre el nivel del mar; la temperatura ambiental de 32 grados con 54-100” de humedad y viento del Este de 5,0 metros por segundo.
Pero el Orinoco fue su gran obsesión. El alba matutina la recibía en cualquier paraje de su orilla, provisto de su instrumental liviano de medición y luciendo su clásico sombrero de corcho combinado con una flor en ojal de la camisa, a veces de cuadros o colores llamativos.
Los pescadores ribereños eran sus más consecuentes colaboradores en sitios estratégicos donde ubicaba tablas en las cuales diariamente y con esmerada meticulosidad hacia sus anotaciones.
En diciembre de 1950 resolvió navegar el Orinoco desde Ciudad Bolívar a pedernales, en la motonave “Caracas” capitaneada por el margariteño Jesús Vicente. En la casilla del timón instaló su equipo de trabajo y en cada sitio por donde pasaba anotaba la hora, la presión, humedad, viento, temperatura y características del lugar, incluso, si estaba signado por algún hecho anecdótico o histórico. Estas anotaciones hechas en el propio campo de observación las publicó al año siguiente sin sacar de ellas deducciones no era el propósito, pues aducía que en el terreno científico lo que se requiere son valores, números, ecuaciones y apreciaciones exactas con los cuales quienes los interpreten o utilicen, deduzcan lo que tengan que deducir. En todo caso, se trataba de un ensayo de exploración en forma inicial que requeriría trabajos de complementación y ampliación futuros.
Se ocupo de la evaporación de los llanos de Venezuela, de la turbieza del Orinoco, de las manchas que este gran río deja en las piedras durante el reflujo de sus aguas. Se ocupo de sedimentación y de la cantidad de lodo que podría arrastrar llegando a arriesgar una cifra de 1.743.200 toneladas de lodos por día. Asimismo de los niveles extremos alcanzados por el Río Padre el 10 de agosto de 1892 cuando tapó por primera ves la Piedra del Medio y la del 10 de agosto de 1943, 47 centímetros por debajo de la interior.
Nivel extremo durante el estiaje anotaba el del 23 de marzo de 1923 con la altitud de 13,35 metros. Que se pobló de playones arenosos con canales entre ellos y de troncos secos que impedían la navegación, incluso la de curiaras o cayucos , pudiéndose ir de una ribera a la otra vadeando los canales o saltando por sobre las pequeñas islas. 
El río Caroní no se quedó atrás. También el Br. Sifontes, aunque muy someramente, se ubicó toda la Semana Santa de 1948 en la zona de Caruachi para iniciar los primeros estudios meteorológicos e hidrográficos que se hicieron del Caroní, al que consideraba, más que un río, “un pedregal metido dentro de una faja acuosa con costas y matorrales de estupendo verdor” . Luego comenzó un trabajo sobre aguas, caminos y alturas de Ciudad Bolívar hasta Palúa. Un tanteo de planificación que según anotó en esa ocasión (1951), “no tienen otro valor que el ser el inicial esfuerzo de una labor más amplia de cartografía, que seguramente habrá de venir para esta Guayana, cuyo desenvolvimiento económico no tardará en llegar  con el Dragado del Río Orinoco y la electrificación de los saltos del  Caroní”. Ocho años después y siete meses antes  de su muerte, sintió el retumbar de 78 toneladas de dinamita que volaron la ataguía para dar curso a las aguas que pusieron a funcionar la primera turbina hidroeléctrica del Caroní en la zona de Macagua.
Pero allí no se detuvo el hombre inquieto y acucioso sino que llevó su investigación hasta hechos históricos, costumbres y tradiciones de bolivarenses, mereciendo su reconocimiento como Cronista de la Ciudad y Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de la Historia. En la calidad de fundador dirigió hasta 1940 la Estación Meteorológicas de Ciudad Bolívar y fue asumido como Hidrólogo de las Fuerzas Navales y Miembro de la Sociedad Interamericana de Antropología y Geografía, de la Sociedad Meteorológica de Francia, de la Sociedad Geográfica de París, de la Sociedad Astronómica de Bélgica y de la Sociedad Meteorológica de Boston.
Cuando el bachiller Ernesto Sifontes murió, a la edad de  78 años, Venezuela recién salía de la dictadura con un gobierno directamente electo por el pueblo. Los escasos periódicos que entonces habían sobrevivido se veían atiborrados de información política y de amenazas golpistas; por eso, tal vez, hubo poco espacio para resaltar la obra de quien acaba de morir.
Una obra que se encuentra diseminada en publicaciones y revistas y fundamentalmente en sus periódicas monografías sobre climatología, meteorología, hidrología e hidrografía. Un año antes de su fallecimiento había publicado: “Del Orinoco al Ávila”, “El Playón de la Cocuyera” y “Manchas del Orinoco”. Las tres en una editorial de Barcelona, España.
Tuve la oportunidad de conocerlo incidentalmente en el umbral del edificio de la calle Venezuela donde se editaba el vespertino “El Luchador”.

Me lo presentó  Don Jorge Suegart, director de ese diario, donde yo publicaba “Habladurías de Pío Cid”, columna un tanto satírica que en la ocasión saludó el Bachiller con mucha euforia.    

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