sábado, 7 de noviembre de 2015

ANITA RAMÍREZ

Con los niños de la mano, la bolivarense Anita Ramírez abrevó  en lo que para ella fue fuente inagotable de vivos conocimientos: el Orinoco.

Si la Casa del Congreso de Angostura fue ágora de los tribunos republicanos en una época penosa y difícil, también lo fue de los educadores. Allí no solamente nació la Universidad y el famoso Colegio Federal de Varones, sino que se reunieron los más distinguidos líderes de la educación venezolana. Por lo menos dos convenciones Nacionales se realizaron en ese recinto de origen colonial que estuvo hasta 1975 aguardando su restauración.
En la III Convención Nacional del Magisterio celebrada aquí se oyó la voz cantarina de la directora fundadora de la Escuela Graduada “Francisco Antonio Zea”  expresando conceptos eternos sobre el Río Padre que ese mediados del siglo veinte fue dinámico caudal de navegación y luego, como dijera el extinto profesor J. F. Reyes Baena, “río condenado a la anonimia”.

Anita Ramírez, la entonces maestra y directora, repetía dirigiéndose a los convencionistas, entre los que se destacaban Luis Beltrán Prieto, Matute Sojo, Siso Martínez y Humberto Bártoli, lo que antes había insinuado Comenio: “Por qué en lugar de libros muertos no abrimos el gran libro  de la Naturaleza?” y apuntaba hacia el Orinoco.

 Cuántas cosas Frente al Río! Cuántas cosas por aprender! Frente al río –decía- habría siempre motivación para la enseñanza, bien sea de la propia hidrografía, como de la fauna, la botánica, la astronomía, la geología, la orografía y viendo solo un barco surcarlo bastaría para hablar de las comunidades rivereñas y del comercio fluvial de caoaje. Las curiaras nos acercarían a la prehistoria, a los indios, a la conquista, a la colonia y a la emancipación.

Para Anita Ramírez, fallecida casi centenaria en el 87, el Orinoco era el mejor libro y no estaba distante de la verdad. Era así como ella lo valoraba, en esa didáctica visión y quien mejor que ella nacida al contacto cotidiano de sus ondas, de su cinético rielar. Por eso se iba de tarde con los niños, con Luz Machado, Lucila Palacios, Manolo Cisneros, Manuel Felipe Flores, Jean Aristiguieta a explicar la clase frente al río.

Además de maestra que concibió y utilizó el Orinoco como cátedra, Anita Ramírez le canto con su voz de poeta. Ella era poeta de cotidiano dialogar con lo humano y con lo bello. La maestra y la poeta vivían confundidas y se utilizaban con admirable reciprocidad. Nunca fue una cosa u otra por oportunismo o exhibicionismo y a pesar de que murió a la edad de 95 años no fue poeta de lo contemporáneo sino de otro tiempo y de la manera más espontánea y sencilla.

Casi desde el mismo momento que cae en mano de la tía segunda de Leopoldo Sucre Figarella, intuye con la más exquisita dulzura su destino. Petra Ruiz de Navarro, para quien hoy nadie tiene una rosa que llevar a su tumba, enseño a Anita Ramírez aquella verdad de Balmes: “conciliar la claridad con la profundidad, hermanar la sencillez con la convicción, conducir por camino llano y amaestrar al propio tiempo que anda por senderos escabrosos, mostrando las angostas  y enmarañadas veredas por donde pasaron los primeros inventores, inspirar vivo entusiasmo, despertar en el talento la conciencia de las propias fuerzas, sin dañarle con temeraria presunción”.

Siguió esta línea también con aquel gran observador del Orinoco que fue el bachiller Ernesto Sifontes, de inseparable sombrero de corcho y clavel en el ojal; con el profesor Guillermo Tell Villalobos, padre del poeta Héctor Guillermo Villalobos; con el presbítero Adrián Maria Gómez. Aprendió con prosperidad y eficacia esas anotadas atribuciones balmesianas que debe tener un maestro que considere la enseñanza elemental no como fruto sino como semilla.

Las aprendió porque  sintió sus bondades y tocó la sensibilidad de su vocación. También por su naturaleza de mujer idealista aprendió a cantar lo que nunca podía contar. Encontró en la poesía ese don divino de que hablaba lord Verulam, que sublima y que levanta el ánimo y que somete las apariencias de las cosas a los deseos del corazón

Profundamente humana, Anita Ramírez no dejo de cantarle a los seres y a las cosas identificadas con ella. Sería suficiente leer las voces del corazón, Florecillas silvestres, Belleza de mi patria, Filosofía,  Ensoñaciones y de las cosas. A los que dijo amar y haberse amado en nombre de Dios.

Su poesía que estuvo disgregada en revistas y periódicos, especialmente en su revista literaria “Alondras” que circulo durante dos años y la destino a ser órgano oficial del Ateneo Guayanés, fundado por ella, J. R. Del Valle Lauveuc y J. M. Agosto Méndez el 28 de mayo de 1937.


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